Hacía todo lo posible por parecerme a él. Pero no había nada que hacer. Yo era la imagen viva de mamá, y eso a él le partía el alma. Evocaba todas las equivocaciones que cometió en su vida y los compromisos que sintió, por piedad, tenía que tomar. Compromisos que asumió como pudo, a medias, protegido por su paranoia, por miedo a quedar expuesto… ¿no?
Mis ojos, mi pelo, mi forma impulsiva, demostrativa, mi demanda constante ¿le harían eco de momentos de su vida con ella?
Diferente, a pesar mío. Cuanto más me esforzaba menos resultaba. Hasta el momento en que surgió la necesidad de emprender el camino de la búsqueda de ese Luis único, que no tenia cara, ni padres, ni ataduras. Partir en búsqueda de ese ser que no necesitaba nada, que no necesitaba un pasado. Sentí que partir en la búsqueda de la simplificación era una forma de alcanzar la paz conmigo mismo. Llegar a la nada para poder comprender el todo. Ya no quería ser la sombra de un error.
Podía palpar el pavor que le causaba observar a su único hijo, prueba irrefutable de ese desliz humano, de ese momento sentimental que se infiltró a pesar de su templanza nórdica.
En su cabeza no podía dejar de formarse esa imagen de zorra. Esa perra astuta, sobreviviente que se fue en busca de ese cabeza de león-cuerpo de cabra-cola de dragón, que apareció un día en un sueño y de un rugido la invocó.
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