sábado, 11 de septiembre de 2010

Luis y Eva, Eva y Luis

Eva confía en sus instintos y sin saber bien por qué, hoy siente que lo familiar resulta impenetrable y sospechoso, inquieta sin motivo aparente. Sabe que algo está mal.

Se despertó y algo inusual la hizo sentir como en un domingo cualquiera. El olor de las tostadas y del café, los chicos corriendo por la cocina, gritando algo que no llegaba a comprender pero que decidió ignorar y comenzar su día. Se asomó y les dijo que salieran a jugar al patio. Se levantó, se lavó los dientes, se preparó unos mates y chequeó los mensajes en el teléfono. Pedro, su ex-suegro estaba muerto.

Eva piensa en la muerte y se estremece, no la puede nombrar.

La puta madre, piensa, ahora voy a tener que hablarles a los chicos sobre esto. Menos mal que el viejo hace rato que no aparece por acá. El viejo sí que era impenetrable, familiar… Se sonríe al tiempo que recuerda sus primeras impresiones del día.

Cómo evitar sentirse culpable, después de todo era el abuelo de sus hijos.

Se acordó de Pedro y de cómo había cambiado con los nietos. Se sentaba delante de los chicos cuando ellos todavía no hablaban y les tocaba el violín, y ellos se quedaban fascinados, literalmente encantados por la melodía.

Pero cuando empezaron a caminar, a querer hablar, Eva no sabe que pasó.

Pedro intentó permanecer en contacto, pero Luis se sintió amenazado, tampoco sabe bien lo que pasó ahí; solo sabe que son dos tipos grandes compitiendo por el cariño de los chicos. Nuevamente intentó encontrar una explicación.

Era como si uno no pudiera ser padre y dejar de ser hijo; y el otro, el padre, no pudiera entender que el hijo ya era padre. En fin.

El padre, el hijo, los hijos del hijo, el violín, el tiempo, el tiempo juntos, el tiempo perdido, y el tiempo que nos alcanza, los juguetes, la música, los silencios, las risas, lo obvio y lo que ninguno de los dos pudo decir, las tardes de sol, Pedro y los chicos, las mañanas, el desayuno, Luis.

Eva siguió pensando en Luis. Pobre Luis. Hace mucho que no pensaba en él de esta manera, en estos términos. Ahora no le quedaba más que sus hijos, los hijos de los dos. Por ahí, pensó, ahora le toca aprender de una buena vez que el padre tiene que ser él.

Eva pensó en Luis, pensó en Luis llorando. Se preguntó cómo estaría llevando la muerte del viejo. Recordó como se sintió ella cuando murió su madre y en cómo, a pesar de todas las distancias que ella y su madre se habían impuesto, se conectó con su propio deseo de ser madre, de formar su propia familia.

Reflexionó sobre el tiempo y en que nunca alcanza.

Volvió a pensar en Luis y en su futuro, en el de él, en el futuro de sus hijos.

Se levantó de donde estaba, tomó el teléfono y lo llamó.

Le dijo que lo sentía mucho y le preguntó que qué pensaba hacer con sus hijos.

Eva está sentada al lado del estante en donde descansan la base del teléfono inalámbrico, las agendas viejas, algunas lapiceras y un bloc. Recostada en el respaldo de la silla, las piernas flexionadas sobre el asiento, casi en posición fetal, sus manos inquietas no dejan de juguetear con las lapiceras que hay sobre el estante del teléfono. Sumamente incomoda, no tenía ganas de pasar por ese momento. No estaba lista para lidiar con tres pendejos… los chicos y Luis.

El silencio del otro lado del teléfono se le hizo eterno.

Finalmente Luis le dijo que pasaba a buscarlos, que se los llevaba a lo del abuelo, a su casa en Quilmes, dijo que los muchachos de la banda del viejo y sus amigos se juntaban ahí, a modo de despedida, que iban a tocar, a tomar algo, a tirar algo en la parrilla si les daba hambre. La casa del viejo, los muchachos, el violín, melancolía y sus hijos.

Eva pensó que eso no era bueno para los pibes, pero de todas formas le dijo a Luis que los tendría listos a las 10 de la mañana y cortó.

Cortó y se puso a llorar.

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