lunes, 20 de septiembre de 2010

La Cima

Después de varios días de caminar, caminar y pensar, de sentir el viento, la lluvia, el frío en la cara. De sentir que cada paso puede ser el último o el más glorioso. De pensar en la muerte y en la vida, con ambas allí presentes. Sus dos novias, la señorita Muerte, en su oído murmurando, tentando, distrayéndolo con inuendos de su historia, de su propia historia; la señorita Vida, también presente, su cabellera hermosa, al viento, mostrándole su fuerza, su belleza, dejándolo sin aliento. Las dos, hermanadas, cómplices.
No son muchas las cosas que se te pasan por la cabeza, es más bien algo parecido a la meditación, algo que pocas personas pueden comprender si no son un poco adictas a la adrenalina que te dan deportes como este.
Todo adquiere dimensiones extremas, como el paisaje, pero a la vez simples como un grano de arena.
Cada paso puede ser el más glorioso. Todos los sentidos puestos en lo más corpóreo. En la mente un solo pensamiento, una sola voz. Los músculos de todo el cuerpo tesos con cada paso, y cada paso un éxtasis.
Por momentos imperan las ganas de dejarte vencer por la inmensidad en unión con ese todo tan grande, bello y tentador. El cansancio va invadiendo el sentido común, va predominando por sobre todo lo lógico, por eso es tan importante mecanizadas hasta lo impensable, por seguridad. No confíes en nada, solo en tus instintos, en vos.
Me enoja cuando muchos creen que es solo caminar, que solo es un pie delante de otro, que es como un paseo con paisaje… bueno, yo alguna vez lo creí así y casi no la cuento, donde dejás de tenerle respeto, la montaña, el clima, todo se transforma y te traga.
Finalmente, veo la cumbre, con un último esfuerzo y enorme emoción, la alcanzo, la disfruto, respiro, me arrojo al piso y me sobrecoge una tranquilidad enorme en el cuerpo y en la mente.
 La tranquilidad de la mente clara, despejada, el cuerpo medio convulsionado por las sensaciones más raras y por el cansancio, queriendo abandonarme acá mismo.
Como ya lo dije antes es increíble lo que te cobra el cansancio. Pocas cosas importan ya, solo el instinto de supervivencia puro es lo que te ayuda a dar un paso tras otro. Casi sin darte cuenta, un esfuerzo más y la alcanzás.
Miro los otros picos, el glaciar ahí abajo, lo veo al Chino llorando de emoción y de agotamiento. Lo abrazo, lo miro a los ojos, saco el termo y le doy el poco del te bien dulce nos queda. Compartimos dos tragos cada uno, en silencio, en eucaristía.
Tengo ganas de quedarme acá para siempre.
Miro el reloj, nos quedan quince minutos antes de comenzar a bajar si queremos llegar al campamento base esta misma noche. Sé que el camino de vuelta va a ser más largo, porque nos va a agarrar la noche, el cansancio, y las ganas de llegar a la sopa y a la bolsa de dormir. Pero estoy decidido a disfrutar de estos quince minutos como si fueran los últimos. Respirar este aire enrarecido. Disfrutar, gozar.
El Chino saca unas nueces, almendras, con algo de pelusa del bolsillo de su campera, alguna pasa de uva, una piedrita blanca, y un ganchito. Me pasa un puñado de esa mezcla pintoresca que es justo lo que necesito.
Lo miro y su cara me parece increíble, medio quemada por el frío, el sol y el viento, con una sonrisa medio sucia que va de oreja a oreja. Los ojos se le ríen también, como los de un pibito en el día de reyes y la pila de regalos.
Yo también me siento un poco así, como un pendejo al que acaban de decirle que la bici sin rueditas es para él. Veo la cara del Chino y en ella veo mi propia cara.
Ya pasaron los quince minutos y tenemos que bajar.
Guardamos las cosas, arremangamos las emociones como podemos y empezamos a emprender la retirada con el pecho ancho y el cuerpo liviano. Titanes y mortales, nada y todo.

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