Se lastimó el hocico y aplastó a su cría. Se quería morir, pero solo se lastimó el hocico. Sin embargo, el dolor era mucho más. El dolor era cegador. Algo dentro suyo se estaba rasgando, silenciosa y solapadamente, creciendo como una epidemia y llenando todo ese recipiente que era su cuerpo.
Se despertó sobresaltada. Ya se había soñado como una perra, otras muchas decenas de veces, pero esta vez fue distinto, esta vez sintió el dolor físico, sintió el desgarro.
Sentada sobre la cama no pudo evitar el llanto, casi un aullido.
Cruzó los brazos, se agarró por los hombros. Trató, con este abrazo y un exagerado vaivén, mitigar la descompostura. Ni bien comenzaba a calmarse, sentía como otro borbotón de angustia se elevaba desde el vientre. De pronto esa angustia se convirtió en verbo. Gritó “mi hijo” y salió corriendo al baño a vomitar.
Cuando volvió a la habitación, se sintió vacía por completo, en cuerpo y espíritu, trató de apurar el mal sueño con un poco del vino olvidado en su copa de la noche anterior. Salió a su balcón del cuarto piso, y por suerte aún era de noche y entre esto y el viento fresco sintió como se le despejaba un poco la cabeza. Para contrarrestar se tomo de un sorbo lo que quedaba en la copa.
Sacó la cabeza por entre las plantas maltratadas del balcón y miró el pedacito de cielo que quedaba entre tanto edificio, el árbol añoso de la puerta y una maraña increíble de cables pasados y presentes.
El cielo gris le trajo nostalgias que no se permitió jamás.
Añoró la familia que dejó, ese cuerpo joven que fuera en otro tiempo, la sonrisa espontánea, la mirada fresca, esas primeras veces en miles de circunstancias que se perdió. Finalmente se pensó pensada por su hijo y prefirió imaginar que la odiaba, pues el odio es mejor que el olvido.
Eligió pensar que ese hijo disfrazaba en odio la añoranza del calor de madre, algo de lo que ella adolecía. Creyó que le faltaba ese instinto que se hacía presente, inexorablemente en sus sueños.
Así, de a poco, dejó de temblar y se sirvió un trago, esta vez algo más fuerte.
Al segundo sorbo comenzó a sentir el peso en los párpados, en los ojos, pero detrás de ese vaho la acechaba el sueño.
La cría aplastada por el peso de la madre en esa caída fugaz, sin nada, sin aviso.
Ahora ya era tarde para llorar, era tarde para querer tener todo lo que en su momento le causara el mismo horror que le provocó el sueño de esa noche.
¡Perversa!, se gritó por dentro.
Perversa resonó en el alcohol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario